lunes, 19 de agosto de 2013

Perros de caza.

Decenas de perros hacinados en el zulo de la Font d'En Carrós. | Galgos112.


Un chamizo infecto alfombrado de perros escuálidos y sarnosos sujetos con cadenas, algunas tan cortas que no les permitían ni siquiera tumbarse en el suelo. Medio centenar de canes de caza hacinados en 15 metros cuadrados, rodeados de sus propias heces en una atmósfera tórrida e irrespirable.

La imagen dantesca que han difundido estos días los medios de comunicación no  procede de  uno de esos países que llamamos del Tercer Mundo. Fue captada en el pasado domingo en el pueblo valenciano de Font d'en Carrós, donde acudió un grupo de voluntarios de la asociación animalista Galgos112, avisados por  la policía para hacerse cargo de esas infelices criaturas, al borde de la inanición y de la muerte.


Úlceras, laceraciones, parásitos de todo tipo y, sobre todo, un pánico cerval a los humanos. Es el cuadro que tienen que tratar los veterinarios de la asociación  que desde su creación, en 2008, ha conseguido la adopción de 2.000 ejemplares de galgos, recuperados del maltrato y abandono al que son sometidos por algunos cazadores.

De anatomía minimalista, elegantes movimientos y mirada algo tristona, estos veloces canes que parecen diseñados por El Greco, fueron también explotados en los canódromos como carne de apuesta hasta 2006 cuando se cerró el último en España. Lo más irónico es que los perros de caza son magníficos perros de casa; tranquilos y pacíficos, se integran como un miembro más de la familia. El éxito de las adopciones de estos últimos años es buena prueba de ello. Pero queda un tema pendiente. ¿Y de los podencos, qué? A estos les toca el papel de segundones o primos pobres en esta historia.

Sufrimiento animal

El zulo canino hallado en Valencia es sólo la punta del iceberg de una gran bolsa de sufrimiento animal que se alimenta del llamado deporte cinegético. Los pueblos de España están plagados de casetas más o menos aisladas, más o menos precarias, en las que se hacinan miles y miles de perros condenados a una vida breve y miserable, al albur de su capacidad depredadora. Sólo galgos y podencos se estima que rondan los 50.000. Los que cazan bien se les cuida en función de lo rentables que resulten. Los demás son abandonados a su suerte o, según una cruel tradición imperante en  algunas zonas, colgados de un árbol con las patas sobre el suelo para que mueran lenta y dolorosamente estrangulados.


Un can de caza encadenado. | Galgos112

No pretendo insinuar, ni mucho menos,  que la caza tenga relación directa con el maltrato animal. Ahora bien, ese mundillo es terreno abonado para ello debido a la pervivencia de una España atávica en la que los animales son considerados bienes que hay que aprovechar al máximo, sin atender a su condición de seres vivos y sintientes, capaces de experimentar dolor y miedo.

Últimos depredadores

No voy a poner la caza en solfa y menos aún en la picota. Pero me sorprende que a estas alturas de la historia, cuando se ha sintetizado ya la carne artificial y estamos camino de Marte, haya todavía tantas personas dispuestas a equiparse con costosas impedimentas y tirarse al monte en persecución de conejos, jabalíes o ciervos que, en la mayoría de los casos, han sido puestos previamente allí para ser abatidos por quien, previo pago,  tenga mejor puntería o suerte. 

¿Qué motivaciones impulsan al cazador en un tiempo de magníficos filetes envasados al vacío y múltiples enfermedades debido a un exceso de consumo de carnes rojas? La única explicación plausible a que la caza tenga todavía  tantos adeptos es que la evolución del cerebro del homo sapiens no es del todo homogénea. Y así,  en la corteza cerebral o el hipotálamo de algunos especímenes humanos  alienta el ansia depredadora de los antepasados prehistóricos.

Empuñar el arma, perseguir a la bestia, enfrentarse a ella y vencerla.  Y cuando más grande y pesada sea la pieza cobrada, más prestigio en la tribu se cosecha. Un afán que en adquiere ribetes grotescos si el susodicho depredador decora el salón con sus trofeos, previamente tratados por el taxidermista. Lo que en otro tiempo fuera deporte de reyes y nobles desocupados y, más o menos furtivamente, única fuente de proteínas para los pobres, es hoy  un negocio que mueve millones. Y mientras haya negocio habrá ocio por mucho que aúllen y ladren los perros. Pero en pleno siglo XXI ya es hora que las leyes y un control eficaz sobre su cumplimiento ponga fin a esta larga historia de muerte y miseria.

Bel Carrasco, periodista de EL MUNDO Valencia.

Fuente: El mundo.es


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