jueves, 17 de enero de 2013

Sentirse especial por un ratito…


A veces un suceso como la muerte de un caballo a golpes, es el revulsivo que necesitamos para denunciar sin tapujos todo lo que acontece en los submundos del deporte hípico.

El caballo, que durante 10.000 años ha estado íntimamente ligado a la historia del hombre, es uno de los animales más maltratados. Todo el mundo sabe que le ha acompañado en guerras y conquistas, ha labrado el suelo que nos ha dado alimento, y él mismo lo ha sido y lo sigue siendo absurdamente, en muchos lugares.

Irónicamente, ahora que ya no necesitamos su sacrificio para matarnos unos a otros, él se ve envuelto en una aureola de “artículo de lujo” y por ende, nadie se para a pensar en todas las barbaridades a las que es sometido, os hago un resumen lo más corto posible de su etología y fisiología.


Es un animal herbívoro, presa de muchos depredadores, su supervivencia depende de su temor a cualquier estimulo que pueda implicar un peligro y de su velocidad en la huida. En los pocos  miles de años que lleva junto a nosotros, le hemos privado de la compañía de su manada, que es el núcleo fundamental de su vida, le hemos privado de la hierba, su alimento por excelencia, obligándole a comer concentrados proteicos, que dañan su delicada mucosa estomacal, y le producen cólicos dolorosísimos y a menudo mortales (es la 1ª causa de muerte en los caballos domésticos). Le hemos encerrado aislado y solo, en cuadras oscuras y diminutas (boxes, el mismo nombre lo indica) cuando por  naturaleza  es claustrofóbico pues en su estado natural, vive en praderas, permanentemente acompañado por los suyos.

Y después de torturarlo durante siglos en nuestras guerras en las que morían a millones tras horas de agonía con los vientres reventados por la metralla, últimamente, o los jarretes cortados y cosidos a flechas, en todas las batallas de la antigüedad, en la actualidad hemos encontrado nuevas y refinadas formas para seguir sometiéndolos al martirio.

Se les obliga a saltar, en concursos absurdos, más y más alto, en contra de su fisiología que, sí que les permite saltar en alguna ocasión para salvar su vida pero no saltar una y otra vez, horas y horas de entrenamiento cayendo todo su peso en los frágiles huesos de las manos, lo que produce caballos artríticos en edades muy tempranas.

En el polo se le obliga a cargar a toda velocidad contra otros caballos, recibe tales tirones del bocado que solo hay que ver cualquier foto de ese “deporte” para ver como se les salen los ojos de las órbitas del dolor y del miedo.

En las carreras de velocidad, los jockeys golpean constantemente en la grupa a los caballos para que crean que un depredador los está alcanzando (lo sienten como un zarpazo) y corran lo más velozmente posible.

Y en las de trote, el suplicio es aún más refinado, pues se les obliga a huir a golpes de látigo, pero mediante sofisticados artilugios, como filetes elevadores y dobles riendas se les impide prácticamente balancear el cuello y salir a galope que es el aire natural que emplean en la huida, pues en la naturaleza el trote casi no se utiliza. Tanto en las carreras de galope, como en las mixtas salto y velocidad (Grand National etc) como en las de trote, el caballo está en un estado de pánico permanente, pues el correr perseguido por lo que él siente como un depredador y acompañado de la estampida de los demás, le mantiene aterrorizado.

En todos los casos, todos los caballos que no dan los tiempos, no cubren las expectativas de sus jinetes, o ya han sobrepasado la edad adecuada (en carreras unos 6 años) son puestos a la venta en subastas a precio de carne y terminan sus días en el matadero o en hípicas inmundas.

Y en prácticamente el 99% de los casos, todos los jinetes montan a sus caballos, sea para el uso que sea con hierros en la boca “bocados” que se ha demostrado que producen un dolor lacerante en la delicada mucosa  de la encía que está llena de terminaciones nerviosas como la nuestra por lo que la tortura es continua en cualquier caso.


Creo que si amamos de verdad a los animales y tenemos la suerte de compartir nuestra vida con un caballo, la única relación ética posible es la de tenerlo como un amigo, compartir largos paseos con él a pie y si en algún momento el caballo nos permite montar sobre su dorso, hacerlo suavemente, agradeciéndole que nos permita por un ratito sentirnos especiales.

Leonor Díaz de Liaño






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